domingo, 23 de agosto de 2020

La ruta de las especias y la seda desde Roma en el siglo I a.C.


Los barcos que partían a la India partían de la costa oriental de Egipto, en los puertos de Myoshormos y Berenice a fines de junio rumbo a Ocelis, Adana o Arlómata. Desde estos puntos, las naves debían internarse en mar abierto por el océano Índico aprovechando los vientos del monzón. Al cabo de unos cuarenta días se llegaba a los puertos de Barbarico, cerca del Indo, Barigaza, en la desembocadura del Narbada o Muziris, en el sur de la India. Resulta interesante que cuando la nave se acercaba a las aguas del Narbada, se encontraba con grandes serpientes marinas de color negro y que al navegar sobre las aguas de la desembocadura del río aparecían otras serpientes, más pequeñas de color verde. La llegada al puerto no era fácil, pues requería del auxilio de barcazas guía para evitar los bajos fondos y esperar la marea alta.1

La importancia del comercio con la India queda demostrado por las monedas imperiales localizadas en esa región. La isla de Patrobana (Siri Lanka) revestía especial interés, por sus ricas especias,2 joyas y seda, lo que suscitó que en Roma fuera recibida con gran atención una embajada proveniente de tan lejano reino, alrededor del año 50 d.C. Plinio relata que los embajadores se admiraron de ver la Estrella Polar y las Pléyades, y la dirección de las sombras.3

La importación de seda podía también realizarse por tierra, aunque la famosa ruta de la seda estuvo bloqueada por los Partos. Su alto costo llevó a un extraño refinamiento, por el cual, las mujeres de la isla de Kos destejían la seda china para fabricar telas delicadas y transparentes. El éxito de esta manufactura fue tal que fueron reexportadas a oriente, junto a otras mercaderías occidentales, como brocado, bordado en oro, teñido de púrpura, etc. Plinio calcula que la importación de estos productos suntuarios de India, China y Arabia representaba un valor de cien millones de sextersios, por lo cual la balanza comercial era favorable al extranjero. No es de extrañar que este y otros lujos hayan contribuido a la crisis inflacionaria de la época de Diocleciano.

Lo que sí es un hecho, es que la existencia de un comercio por trueque con China implica un conocimiento previo del mercado, que en esos tiempos importaba todo tipo de mercancías, ubicado bajo la Osa mayor en el Periplous maris Erithraei. Al cabo del tiempo, los partos fueron vencidos, abriéndose de nuevo la ruta por la cuenca del Tarim, pero en esta ocasión los mongoles habían avanzado hacia el sur, impidiendo de nuevo continuar la ruta terrestre de la seda. Por ello se renovaron los esfuerzos por ampliar la ruta de la India, siguiendo por el golfo de Bengala hasta la desembocadura del Irauadi, en Birmania y remontar hacia el norte por dicho río hasta Bahmb, donde las mercancías debían llevarse por tierras hasta las cercanías del río Tang-tse, en la ciudad de Yun-nan. Otra posible ruta era alcanzar el puerto de Tacola, en Indochina y luego bordear el estrecho de Malaca, pero por lo peligroso de esas aguas se prefería la increíblemente larga ruta del estrecho de Sonda, lo que obligaba a bordear muy al sur y remontarse por el mar de China hasta el puerto de Cattigara, en el sur de ese país.


1. Paul Herrmann, Historia de los descubrimientos geográficos, ed. Labor, Madrid, 1968, p. 161-166. Véase Thomas Hölman, La Ruta de la Seda, Madrid, Alianza Editorial, 2008, p-32-37.

2. Véase Román Hereter, El Comercio de las especias orientales desde la Antigüedad a las Cruzadas: un estudio geopolítico, tesis de doctorado en Historia, Universidad de Barcelona 2018, director: Ramon Járrega, tutor: Ramón Martí.

3. Plinio el viejo, n. 23 d.C. pertenecía a una clase de caballeros y tuvo una activa participación en los gobiernos de Nerón y Vespasiano, quien lo nombró prefecto de la flota en Misenum y realizó varios viajes. Su obra magna, la Historia Natural es una referencia obligada de la antigüedad, que en el siglo III tuvo varios reseñadores, como Solino, quien se dedicó al ámbito geográfico, pero mucha de su obra está perdida.

4. Véase Jordi Pérez González, Purpurarii et vestiarii. El comercio de púrpuras y vestidos en Roma, Editura Universităţii “Alexandru Ioan Cuza” din Iaşi, 2016.

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